Una carta a la Iglesia particular con vocación universal

Ignacio Carbajosa

La diócesis de Madrid acaba de vivir un evento único: 1200 sacerdotes (sobre 1500) se reunieron en una asamblea presbiteral (llamada Convivium) de dos días (9 y 10 de febrero), convocados por su arzobispo, el cardenal José Cobo. El primer momento de gracia lo constituyó el gesto mismo de reunirse en un mismo lugar todo el clero diocesano, algo que nunca antes se había visto en una diócesis tan grande como Madrid. De golpe, y por vez primera, la mirada podía abarcar a todos los compañeros sacerdotes, lo que hacía más inmediato y sencillo el sentido de pertenencia a un mismo presbiterio. Los momentos de encuentro por grupos pequeños, así como las pausas de café o la comida, confirmaban lo que a primera vista se podía observar: lejos quedan los tiempos de las ideologías que dividían al clero. Era sencillo compartir necesidades, heridas, retos e ilusiones, en un ambiente de franca apertura.

Pero la primera mañana nos reservaba otro imprevisto: el papa León XIV nos había escrito una carta, que fue leída delante de todos. A la lógica alegría de un gesto de paternidad y cariño como este siguió la sorpresa de que la misiva pontificia iba más allá de un saludo protocolario o genérico. Se trata, de hecho, de un ejercicio de lectura del momento presente que vive la Iglesia y el mundo, así como de una propuesta de identidad sacerdotal a la altura de estos tiempos. Una carta, en síntesis, de valor universal.

El Papa, sacudiéndose de entrada la tentación del clericalismo o de la autorreferencialidad, invita a «educar la mirada» para «leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros». ¿Cómo lee León XIV «el marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe»? «En muchos ambientes –dice el Papa– constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes». Ciertamente son palabras que describen el momento que vive la sociedad española, no solo por una desesperante polarización en la vida pública que no parece tener freno, sino por una mentalidad que reduce lo que el Papa llama «la complejidad de la persona humana» (el “yo”) a segmentos inconexos, gobernados por leyes diferentes, sin un horizonte de sentido que termina por ahogar a las personas.

En un contexto como este, dice el Papa, «la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente». Alguno podría decir que este riesgo no es nuevo y que la Iglesia lo lleva viviendo, al menos, desde los años 50 del siglo pasado. Pero el Papa da un paso más en su lectura del momento presente, aludiendo a «un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes». Es lo que Benedicto XVI llamó la «caída de las evidencias» o el papa Francisco «un cambio de época».

En su mensaje, León XIV advierte que ya no se pueden dar por supuesto ni «el lenguaje moral» ni «las grandes preguntas sobre el sentido de la vida». Es significativo que se dirija al clero de una gran ciudad, tentado de repetir palabras y mensajes cristianos, explicitando que «muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles», hasta el punto de que «las palabras ya no significan lo mismo» y «el primer anuncio no puede darse por supuesto».

Pero León XIV no se queda aquí: «Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo». ¿Qué falta en esta mirada a nuestro mundo? El Papa no se detiene en un lúcido y certero análisis sociológico, que invita a reconsiderar la pedagogía de la fe. Como buen hijo de san Agustín, es capaz de leer el corazón de nuestros contemporáneos, insatisfecho por las propuestas vacías de sentido: «Estoy convencido de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano». «Felicidad esperada», «plenitud prometida», «deseo profundo del corazón humano». Las exigencias radicales de nuestra humanidad siguen ejerciendo, en un mundo tan confuso, como criterio o brújula que permite, al menos, identificar lo que no basta o, en positivo, lo que corresponde.

Esto es especialmente claro en España y en estos últimos años. «Hartazgo y vacío», dramas familiares, heridas afectivas, han hecho que, en palabras del Papa, «muchas personas comiencen a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo».

Solo entonces León XIV se dirige a los sacerdotes para preguntarse qué sacerdocio exigen estos tiempos. El Papa no propone «inventar modelos nuevos», ni «redefinir la identidad que hemos recibido». Se trata más bien de «volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico –ser alter Christus–, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas».

Con una originalidad que recuerda a Benedicto XVI en su homilía en el templo de la Sagrada Familia, en Barcelona, León XIV usa la imagen de la catedral de Madrid para describir los aspectos esenciales necesarios en el sacerdote, hoy. Fachada, umbral, espacio común, columnas, pila bautismal, confesionario, capillas… hasta llegar al altar: el Papa va recorriendo el significado de estos lugares u objetos dentro del conjunto como modo de hablar de la figura sacerdotal que el mundo herido reclama.

Como la fachada, el sacerdote indica, sugiere, invita, no remite a sí mismo. Como el umbral obliga a dejar algo fuera para entrar en el espacio sagrado, el sacerdote está en el mundo, pero no es del mundo. Como el espacio común acoge, así la fraternidad sacerdotal es el lugar en el que el sacerdote es abrazado. Como las columnas sostienen el templo, así el sacerdocio solo puede aguantar fundado en el testimonio apostólico, la Tradición viva de la Iglesia y la guía del Magisterio. Pila bautismal y confesionario se refieren a sacramentos de los que el sacerdote no es solo cauce: debe beber en ellos. Las capillas laterales, de diversos estilos, tienen todas una misma orientación, sin romper la armonía, así como los diferentes carismas y espiritualidades que enriquecen la vida del sacerdote sirven al bien de la Iglesia. Por último, el altar es el lugar en el que el sacrificio de Cristo, por manos del sacerdote, se actualiza: solo si el presbítero es verdadero adorador y hombre de profunda oración puede enseñar al pueblo a hacer lo mismo.

El magisterio de León XIV se acrecienta con esta carta. Dirigida a una Iglesia particular, tiene ciertamente vocación universal.

Artículo publicado en Il sussidiario