
«Una entrega silenciosa de la que solo Dios es testigo»
Publicamos la carta que el Santo Padre León XIV ha enviado a los sacerdotes de la Archidiócesis de Madrid con motivo de la Asamblea Presbiteral «Convivium», celebrada los días 9 y 10 de febreroQueridos hijos:
Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra Asamblea Presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro Arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no solo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.
Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que solo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.
El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.
Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra solo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.
Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido –y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio– de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.
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