Cuando la liturgia coincide con la vida

Se ha presentado en Madrid una lectura de las lecciones de Luigi Giussani sobre los tiempos litúrgicos contenidas en el libro La familiaridad con Cristo
Yolanda Menéndez

Como compañía en el camino de la Cuaresma y la Pascua, se ha propuesto retomar la lectura de La familiaridad con Cristo, un libro que recoge siete meditaciones de Luigi Giussani vinculadas a los diversos tiempos litúrgicos del año. Sería por tanto una lectura permanente a la que volver de vez en cuando, pero ahora que se cierra la fase testimonial de la causa de beatificación del fundador de Comunión y Liberación, este libro puede ser ocasión de «una mayor identificación con su carisma para descubrir su novedad», afirmaba Enrique Arroyo, responsable de CL en España, en un acto de presentación de esta lectura el pasado 23 de marzo en Madrid. «Para Giussani, el fundamento de su vida era su familiaridad con Cristo, como una relación con alguien presente».

Rafael Gómez Miranda, profesor en la Universidad eclesiástica San Dámaso y en la facultad de enfermería Salus Infirmorum de la Universidad Pontificia de Salamanca, hizo un recorrido por los textos que conforman este libro, «que no es un libro de teología ni de liturgia sino el relato de Giussani de su familiaridad con Cristo. Para él no había separación entre su vida y Cristo». En estas páginas «se ve a don Gius en acción. Es el testimonio concreto de un hombre que vive la liturgia como una experiencia personal y comunitaria, arraigada en la vida de la Iglesia. Su peculiaridad no consiste tanto en su contenido sino en sus insistencias, que configuran los acentos persuasivos propios de su carisma: educación, autoconciencia y belleza».

Este libro acerca la liturgia a la vida, tanto que llegan a coincidir. De hecho, para Gómez Miranda, la liturgia se presenta en este libro como «un eficaz antídoto contra el narcisismo porque nos ayuda a vivir lo que la Iglesia nos propone como camino al destino. Para no separar a Cristo de la vida, para no vivir divididos, que es la gran tragedia de nuestros días, hay un único cauce, la liturgia, donde se derrama toda el agua de nuestra vida para poder resurgir».



Repasando los principales tiempos litúrgicos, Gómez Miranda se detuvo especialmente en el correspondiente a la Cuaresma, donde Giussani habla de la oración como aquello que define «el tiempo que pasa: levantarse por la mañana, tomarse un café, ir en tranvía, llegar al trabajo o ponerse a recoger la cocina o a limpiar, hacer las camas, barrer, quitar las telarañas, comer, subir de nuevo al tranvía, volver a casa, hablar con la gente. El “cómo” vivimos el tiempo que pasa» (p. 49). Solo atravesando conscientemente todo eso, a veces tan sacrificado o a veces tan obvio, llega la Pascua como culmen de la autoconciencia del yo, la imponente belleza de una resurrección que Gómez Miranda ilustraba con una cita del filósofo alemán Hans-Georg Gadamer: «La función ontológica de la belleza consiste en cerrar el abismo abierto entre el ideal y la realidad».

Palabras que Giussani traduce en la imagen de un gesto extremadamente familiar. «Con Juan inclinando su cabeza en el pecho de Jesús, ya no hay abismo», afirma Rafael, antes de leer una última cita del libro, donde Giussani dice: «No os estoy exhortando a un acto piadoso, sino a tomar conciencia de una realidad que es Misterio; de unos gestos que nos vuelven distintos en la medida en que nos acercamos a ellos. Os prometo que lo experimentaréis, cuando y como Dios quiera. No os reclamo a una práctica piadosa, os remito a hechos que coinciden con el Misterio» (p. 160).

Por su parte, Marta Hernández, abogada y miembro de los Memores Domini, testimonió cómo la lectura de este libro se convirtió desde el principio en compañía vocacional, desde que, hace 35 años, conoció en casa de una amiga a una tía suya, una monja octogenaria que le pidió un vaso de agua y cuando Marta se lo dio: «¡Está fresca! Estos detalles son los que me enamoran». Para esa mujer, hasta un vaso de agua fresca era ocasión de memoria porque remitía al amor de su vida. Aquello provocó tanto a Marta que desde entonces se abrió paso en ella una pregunta radical que no la ha abandonado: «¿Cómo pasar de la ausencia a la presencia? Más aún, a una presencia familiar», como lo era el mismo Cristo para aquella monja “enamorada”. Desde entonces, dice Marta, «me levanto para verle acontecer con la certeza de que no faltará a su cita».

Las lecciones de este libro las dirige Giussani a los Memores Domini, pero antes de que Marta perteneciera a ellos. Sin embargo, «siguen siendo pertinentes para mí hoy, resplandecientes, me hacen reconocerme con la alegría del aventurero que se pone en camino». Toparse con estos comentarios sobre los tiempos litúrgicos hizo que «palabras que antes sonaban huecas ahora se llenaran de significado. Son frases que hay que custodiar en el corazón. Así, año tras año, un día descubres una fuente inagotable dentro de ti. ¿Qué hace posible este renacer? El acontecimiento de un perdón continuo, su ternura que nos aguarda intacta. Lo que nos libera es un perdón sin medida, volver a mirar a Cristo que te tiende sus brazos. Cuando lo experimentas empiezas a coincidir con tu vocación».

Así, el tiempo de Pascua te ofrece la resurrección como alternativa radical a la nada, sin medias tintas. Solo que cuando no nos atrevemos a mirar esa radicalidad, «nos conformamos con una vida ilusoria». Este libro ayuda a caer en la cuenta de esa radicalidad, y la vida da un vuelco. Como dice Marta, «lo que antes vivía como un tormento aquí se me ofrecía como descanso, alivio y consuelo. Es el paso del sentido religioso a la fe». Le pasó también con las palabras que el libro dedica al sacramento de la confesión. «Hay veces que ciertos pecados te dominan y parece que no queda otra que rendirse y adaptarse a algo que esté más a tu alcance. Pero eso es infinitamente triste porque implica renunciar a toda la altura de tu deseo».

Para terminar, Enrique Arroyo animó a los presentes a custodiar todas las provocaciones que acabábamos de escuchar y las que encierran estas páginas. «Quizá hayamos oído cosas que nos resultan grandes e inalcanzables, ¡menos mal! Caminamos en este mundo a la luz de cosas que son de otro mundo. Hay palabras imposibles, que solo adquieren un significado real dentro de una relación con Cristo. Llegar a ellas requiere ciertamente un trabajo, pero ¿cómo viviremos si no el resto de nuestras tareas?».